Tras dos álbumes con sintetizadores que la crítica daba por superados, Judas Priest respondió con un golpe de autoridad: «Painkiller» (1990), su duodécimo álbum, reafirmó a la banda frente a la nueva generación de Metallica, Slayer y Anthrax.
La clave fue Scott Travis, batería desde 1989, con un doble bombo que aportó una contundencia inédita en la banda. Grabado en los estudios Miraval de Francia, adoptó un sonido más cercano al speed metal emergente sin perder la voz inconfundible de Rob Halford. Entró en el puesto 26 del Billboard, disco de oro a los 4 meses y más de 2 millones de copias vendidas.
Recomendado para cualquier aficionado al metal: la prueba de que una banda con identidad fuerte puede reinventarse sin perder credibilidad.